Vil creación de las personas,
Para sumir en un frío letargo
Forzado, al sentir que se asoma;
Padre del remordimiento amargo.
Instrumento de los amantes
Bajo la influencia del miedo
Por verse obligados a renunciar
A lo poseído y asimismo deseado.
Inspiración de músicos y poetas,
Que perciben a la belleza
Como imagen incompleta
De lo que a todos nos interesa.
Razón de nuestra corta vida,
Caminar conociendo tan solo un poco,
Imaginando con destreza lo demás,
Equivocándote hasta tornarte loco.
El martes hará un mes que me confesaste tu verdad, mismo tiempo de compartir contigo mi tácita situación y, no por obra de una casualidad, equivalente al lapso que considero más íntegro de mi existencia, por la poco ínfima razón de haberlo soportado todo y disfrutado aún más.
Tengo presente el reciente reflejo de aquella tarde, final de una de las tantas jornadas en las que la totalidad de ti lo conformaban los daguerrotipos de un pasado que no ocurrió, entorpecido y ensimismado por el cáncer de la incertidumbre que, además, me devoraba por conocer tus sentimientos, los cuáles idénticos en el proceder a los de mi propiedad, eran compartidos y demostrados sin ser reconocidos, todavía.
Quizás el único estrecho que distanciaba la locura apasionada de la realidad subsecuente, fuera pues en aquél momento, la comunicación a distancia, un medio que, aunque no considero el más idóneo para revelar a la luz las pocas palabras que resumen la riqueza del hombre, sencillamente decir “te amo”; idéntico canal que me diese la oportunidad de remar en tu alma, sobre un bote de ternura, entre un afluente de amor y con remos de amistad.
De esta manera aconteció, conquisté los rincones de tu alma desconocidos por mí, sin pretender acrecentarlos ni robarle protagonismo al porvenir, expreso y acepto que me encantan los tesoros que pretendiste ocultarme, logrando únicamente que los deseara con la entereza de mi ser, pensar y sentir.
Fabián Muñoz